«UNA NOCHE PERROS»

La lluvia arreciaba formando charcos y barro entre las innumerables tiendas del campamento seléucida.

La fría y oscura noche albergaba miles de almas que intentaban refugiarse del aguacero, mientras un jinete guiaba su caballo por el laberinto de caminos del acantonamiento.

Atravesó una distancia considerable en dirección al pabellón real, pasó junto a los cercados donde descansaban unos enormes paquidermos que encabritaron al caballo y cruzó las carpas de los gálatas donde celebraban una fiesta en honor a un Dios desconocido, ajenos a la tormenta. Desmontó al llegar a una tienda enorme de tres cuerpos y, dirigiéndose al central,  saludó a los dos guardias y entró sin demora.

El interior estaba profusamente iluminado por lámparas de aceite. Tres hombres discutían sentados en taburetes mientras un cuarto aguardaba de pie junto a uno de los pilares de madera que soportaba la cúpula cónica de lona. Se arrodilló y esperó pacientemente.

— Permíteme comandar el ala izquierda, padre. Aplastaré su flanco con mis jinetes y te daré la victoria. — afirmó el más joven de los presentes golpeándose una mano como si de una maza se tratara.

— No será tuya la gloria, Seleuco. — interpuso el rey Antíoco de barba y pelo negros,  vestido con una túnica de seda carmesí ricamente ornada. — Masacraré el flanco derecho, los elefantes abrirán el hueco para la falange y mi guardia saqueará el campamento. Sus legiones sucumbirán una vez acabemos con su caballería y yo me convertiré en un Dios.

— La teoría es buena pero subestimas la caballería de Eumenes de Pérgamo y, sobretodo, ignoras el poder de las legiones.- corrigió el individuo apartado. El pelo canoso, una túnica púrpura sobre una armadura de cuero reforzado de factura sencilla y una falcata al cinto indicaban, sin lugar a dudas, que aquel hombre provenía de un lugar distante y diferente. — Sin contar que la humedad dejará inservibles los arcos compuestos de tu ejército y que la formación anticuada macedónica nada podrá hacer con la flexibilidad de la cohorte.

— ¿Por qué tenemos que escuchar a este traidor, padre? — espetó  Seleuco.

— Aníbal es mi huésped y no está probado que sea un traidor, al menos de momento. — declaró Antíoco.

Había algo en el tono del rey que provocó un escalofrío en la espalda de Aníbal, además de una punzada de dolor en su ojo tapado. Pero esto último bien podría ser porque siempre le dolía en época de lluvias.

— Habla soldado, que nuevas traes. —prosiguió percatándose del recién llegado.

— Mi Señor del Mundo y Protector de Delos, los romanos han trasladado su campamento a menos de veinte estadios. — declaró el arrodillado, con su capa rojo oscuro de origen tesalio acariciando el suelo. — He cumplido sus órdenes mi Señor. El hermano del enemigo no estará en la batalla. — concluyó el espía.

— ¿Qué le has hecho a Publio, Antíoco? — interrumpió Aníbal el cartaginés visiblemente molesto.

— Sólo estará indispuesto unos días y yo venceré mañana. — sonrió satisfecho el rey. — Me dijiste que ese romano era la mayor amenaza y yo la he conjurado. Aunque no lo maté por deferencia a ti.

— Lo ves, padre, es tan amigo de los romanos que ni quiere verlos muertos. — acusó el joven príncipe.

— No confundas honor con traición, muchacho. Nunca serás un buen líder si no aprendes que el honor en batalla está por encima de cualquier juramento, incluso aquel que me obliga a combatir a Roma allí donde esté presente. — aclaró el General de Cartago. El joven Seleuco sonrojó ante la reprimenda.

Hubo unos instantes en que un silencio incómodo se apoderó de la estancia. El informador recibió permiso para retirarse. Otro de los consejeros de Antíoco, que no había hablado  hasta el momento, se dirigió a Aníbal con un acento extraño.

— Me gustaría conocer el motivo de luchar en este lugar, pues bien sé que tuya fue la idea. — inquirió el hombre delgado con el pelo rubio recogido en una cola, cota de mallas y una gran cantidad de tatuajes de origen celta que inundaban su piel, allí donde se vislumbraba.

— Como tu bien sabrás, Orgiagon. — contestó Aníbal. — Esta es la patria de Tántalo, el famoso rey Frigio. — prosiguió. — Aquí reinó y aquí murió a manos de los dioses que derrumbaron el monte Sípilo destruyendo su reino.  Resulta que Tántalo fue acusado de robar a los dioses en su propia casa y darles a comer su propio hijo en un banquete. Con esa ofensa se ganó un lugar de honor en el Tártaro. — continuó el cartaginés. — Pues debéis saber que la familia de Tántalo emigró al norte de la Magna Grecia iniciando la cultura etrusca y fueron los antepasados, por tanto, de Roma. Los que mañana lucharán contra vosotros poseen todos los defectos de su Padre. No descansarán hasta destruiros. Permitirán engaños e incluso abusarán de vuestra hospitalidad, desafiando a los Dioses, tal como lo hiciera su “Pater”. — subió el volumen de su voz conforme argumentaba. — Roma no cejará en su empeño de dominar toda la humanidad y esclavizarla. Su plaga se extenderá hasta el confín del mundo conocido. Hay que pararles antes de que impongan su yugo. — hizo una pausa. — Y que mejor lugar que éste. El punto de donde proceden.

— Una historia  digna de ser escuchada. — dijo Antíoco. — Pero no creo en leyendas. Mañana venceremos. Eres un gran general pero tu historia te precede. Roma te venció, Aníbal, olvida tus juramentos porque ellos te llevarán a la muerte.

— Si así debe ser, será. Estoy convencido de que Roma seguirá su camino sin que tú puedas evitarlo. —  el escalofrío apareció de nuevo y Aníbal dio por concluida la charla. Saludó al rey y abandonó la estancia. Orgiagon le siguió. Ya no llovía.

— Espera Aníbal, quiero que sepas que yo si estoy de acuerdo contigo. ¡Los dioses quieran que dirigieses la batalla! — habló en céltico. Aníbal se giró y miró a los ojos verdosos del gálata.

— Mañana, cuando veas los flancos destruidos, huye o será demasiado tarde. Organiza los clanes y refugiaros en vuestras montañas. Con el terreno a tu favor y evitando la batalla campal serás una pesadilla para Roma. Suerte, amigo. — aconsejó en perfecto céltico y dejó pensativo a su interlocutor mientras él se dirigía a las caballerizas. Una voz en su mente le decía que abandonara aquel lugar con premura.

Cruzó medio campamento en soledad y pensativo. Al llegar a las cuadras otro repeluzno recorrió la espalda del cartaginés. Tuvo el tiempo justo para agacharse antes de que una espada rebanara su pescuezo. Con un ágil movimiento desenvainó y, cayendo a propósito, osciló su arma hispana cercenando el pie derecho de su atacante. Éste aulló de dolor y se derrumbó. Aníbal remató al desafortunado con una estocada en el pecho mientras miraba a ambos lados advirtiendo que estaba solo. El atacante apestaba a Roma. Un odio mutuo que podría llenar miles de ánforas.

El campamento de su supuesto anfitrión no era seguro. Acaso el espíritu de Tántalo inundaba el lugar. Corrió hacia su caballo, lo ensilló y partió al galope sin destino prefijado, fundiéndose en la fría y húmeda noche.

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