«DE BUITRES Y HOMBRES»

Guerras sajonas

Poco conocemos sobre la Batalla de los Montes Süntel en el año 782 d.C. entre sajones y francos. Tiene la peculiaridad de ser la única batalla campal donde los sajones aniquilaron a los francos. También sabemos que motivó la represalia de Carlomagno ese mismo año en la Masacre de Verden, donde murieron 4500 sajones de manera cruel. Sirva este relato como homenaje a aquella gente que se resistió sin éxito a la invasión y a la posterior cristianización…

De Buitres y Hombres

La paz reinaba en el bosque de hayas. El frío otoñal de la mañana se hacía palpable en la escarcha que recubría el suelo de hojarasca mientras una pareja de Carpinteros negros preparaba su casa para el invierno, ajena a lo que se cernía bajo sus pies.

Un murmullo recorría la ladera arbolada donde un variopinto y numeroso grupo de sajones que, tras varios días de huida, aguardaban pacientemente un futuro incierto.

—Tengo frío, padre.— dijo el joven, tiritando entre las pieles.

Con apenas diez años, Lando se vio obligado a abandonar su casa para luchar al lado de su padre.

— No te preocupes hijo, pronto entrarás en calor.— respondió Axel, un fornido herrero de incipiente calva y trenzas amarillas que no cesaba de afilar la doble hoja de su hacha.

—¿Cuántos son?—pregunto Lando.

— No los suficientes para sacarnos de nuestra tierra.— contestó con la mirada fija ladera abajo.

— ¿Por qué, padre? ¿Qué les hemos hecho?— inquirió el chico de piel blanca, ojos verdosos y cabello color miel.

— En el mundo, hijo, existen dos clases de hombres.— argumentó con la mirada ausente.— Por un lado están los hombres que trabajan los campos, crían ganado o cazan ciervos; son hombres que buscan su sustento a base de esfuerzo diario.— hizo una pausa para saludar con la cabeza a un conocido.- Por otro lado están los carroñeros, aquellos hombres que se dedican a robar y saquear todo lo que producen los hombres buenos. Los Francos son esta clase de hombres.— afirmó mirando fijamente a su hijo mientras seguía afilando el arma.

— Primero quemaron nuestro árbol sagrado.— prosiguió Axel.— Luego saquearon los campos y violaron a nuestras mujeres. Ahora quieren que oremos a un Dios extraño y lo siguiente será hacernos esclavos de sus señores vestidos de acero en castillos de piedra.— se levantó y alzó la voz.— ¡Pues yo, Axel Schmied, aquí me planto! ¡No huiré más! ¡Carroñeros de hojalata!— continuó gritando.— ¡Aquí me tenéis! ¡Sólo soy un hombre, ni un Dios ni un esclavo, sólo un hombre dispuesto a combatir!— su voz tronó por toda la pendiente y contagió al resto del ejército.

Decenas, cientos, miles de sajones se levantaron al unísono para acompañar el herrero. Los Aringones de barbas trenzadas, los Gotingi con tatuajes en su piel, los Sturmarii cubiertos de pieles de osos; varias docenas de tribus diferentes se unieron para clamar palabras de libertad: «Por Irminsul», «Wodan nos guíe a la victoria», «Por Widukind», se escuchaba. Un ensordecedor griterío violó la magia del bosque.

En ese momento, aparecieron los exploradores subiendo la vertiente resoplando.

— ¡Ya vienen! ¡Os han escuchado y suben corriendo!— anunció uno de ellos.

De entre las filas sajonas surgió un gigantón de piel envejecida y una gran trenza de cabello amarillo, azote de los Francos y del mismo Carlomagno.

— ¡Hijos de Donar! Llegó el momento.— clamó con voz atronadora que se escuchaba a muchas yardas.— Después de varias jornadas huyendo se acabó la marcha.— miró a todos los presentes con la cabeza alta.— Los medio-hombres que vienen hacia aquí nos quieren ver muertos. ¡Ja, ja! Y nosotros estaremos encantados de morir, pero después que ellos.— Hubo carcajadas que resonaron por toda la colina.— Traen un Dios para que le recemos. Un Dios que busca esclavos. Pero nosotros ya tenemos dioses de sobra, unos que gustan de hombres libres como vosotros. Porque sois libres, escuchad bien, podéis marchar cuando deseéis si no queréis morir aquí y ahora.— hizo una pausa estudiada. Nadie abrió la boca.— Pero estoy seguro de que hoy me rodearé de valientes y moriré entre hermanos en este lugar.— hubo una fugaz mirada de complicidad con el herrero.

— ¡Recordad! — prosiguió.— Esperad a que lleguen aquí arriba y todo irá bien.— concluyó poniéndose al frente de la tropa y blandiendo un gran garrote con púas. Los sajones clamaron el nombre de Widukind por todo el bosque y prepararon sus armas.

Al cabo de varios interminables minutos aparecieron los primeros enemigos corriendo cuesta arriba.

— No te separes de mi lado, Lando, siempre a mi espalda.— ordenó Axel. Su temor a que le pasara algo a su único hijo era superior al miedo a cualquier enemigo.

Los soldados francos, vestidos con cotas de mallas, avanzaban sin orden por la pendiente hacia arriba. A Axel le costaba creer que aquel fuera el ejército disciplinado que les había causado tantas derrotas, «Ni siquiera formaban una línea recta», pensó.

A pocos metros, muchos sajones no pudieron esperar más y se lanzaron cuesta abajo a su encuentro.

La colisión fue inevitable. Miles de francos chocaron con la línea sajona.

Pero llegaban cansados. El ansia de sangre ante los que consideraban enemigos de calidad inferior provocó una carrera desordenada que, unido al desnivel del terreno y el hecho de que fueran cargados con muchos quilos de hierro hizo que muchos cayeran antes incluso de contactar con el enemigo. Lo siguiente fue una carnicería.

Axel daba mandobles a diestro y siniestro. Sus compañeros le hicieron hueco mientras Lando contemplaba extasiado el movimiento casi hipnótico de las trenzas de aquel guerrero en el que se había convertido su padre.

Una decena de francos yacía a los pies de Axel cuando una lanza perdida se dirigió a su pecho. Con agilidad felina se apartó a tiempo y siguió luchando de manera mecánica, como si lo hubiera hecho toda la vida.

Varias líneas de ataque francas se estrellaron en el muro de hachas y mazas sajón.

Por fin, los enemigos cesaron en su empeño y huyeron colina abajo.

Con un grito triunfal, cientos de sajones, insatisfechos con la orgía de sangre, salieron en persecución.

Axel se secó el sudor de la frente y, sin perder de vista al enemigo, dijo a Lando:

—Bueno, no ha sido más duro que una jornada de trabajo. Quizás sean medio-hombres después de todo.

No hubo respuesta.

Axel palideció. Se giró rápidamente para ver una lanza erguida y, al otro extremo, su hijo en medio de un charco de sangre.

El herrero cayó de rodillas ante la estocada más letal que jamás pudiera asestarle enemigo alguno. Incapaz de hablar, lanzó un rugido que silenció el resto de la lucha.

La batalla se había ganado pero un hombre bueno perdió la guerra y algo más en aquel bosque teñido de rojo.

Los buitres se llevaron su tributo.

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