«JAULA DE PERROS»

En algún lugar de Stalingrado, Diciembre 1942…

RUINAS DE STALINGRADO

Una bandada de pájaros volaba desorientada en medio de la nube de polvo y otras sustancias volátiles que surgían de un suelo excavado por miles de proyectiles que profanaban la delgada capa, mezcla de arenilla y pólvora.

El sol apenas se vislumbraba pero luchaba, en algún lugar allí arriba, por abrirse paso hasta el pequeño infierno en que se había convertido la superficie.

Era un bonito día.

Por alguna inexplicable razón, hoy sólo se escuchaban explosiones de proyectiles rusos de 76mm. Los temibles “órganos de Stalin” silenciaron su “música” a medianoche, dejándonos dormir unas cuantas horas que supieron a poco pero ayudaron a empezar el día con algo más de ánimo. Sin el bombardeo de cohetes incluso podíamos salir del búnker improvisado con alguna garantía de llegar entero al otro lado de la calle, donde sobrevivía el segundo pelotón, si es que se podía llamar así después de perder más de la mitad de sus valientes y veteranos soldados.

«ÓRGANOS DE STALIN«

A veces salíamos en grupos de 2 o 3 granaderos en busca de agua y comida. Muchos sólo encontraban la muerte.

Había llegado el invierno y la pesadilla se transformó en locura y ésta nos hizo olvidar el miedo. Daba igual un bombardeo, un francotirador o el frío. Éramos ajenos a todo. La locura nos transportaba a bellos parajes como las preciosas montañas bávaras o los cautivadores bosques a orillas del Rin. Una vez creí ver el carromato que repartía leche en mi pueblo natal. Por suerte me aparté a tiempo al descubrir que el repartidor de leche viajaba en un tanque ruso. Salió de improviso desde una callejuela y nos roció con una muestra de su habitual cariño en forma de balas de 7,62mm. Una de ellas se alojó durante una centésima de segundo en mi pulmón derecho para luego salir por detrás destrozándome el omóplato, aunque eso me lo dijeron al despertar, horas después, en un sótano maloliente y frío.

– Ha tenido suerte, cabo. Pocos son los que sobreviven a una herida semejante.- me dijo un hombre.

Stalingrado poseía una magia especial, mediante la cual generales y soldados rasos compartían habitación y comida. En un primer momento creí que aquel hombre era General, pero cuando observé con más detenimiento los sucios y desgastados galones de su guerrera, descubrí que sólo era Teniente Mayor.

– ¿Cuál es su nombre, cabo?- dijo aquel oficial de aspecto desaliñado y barba de varios días.

– Gefreiter Harry Mirau, señor.- dije con dificultad y con accesos de tos bronca.

– No se fuerce soldado. No vale la pena.- respondió con pesimismo.- Con un poco de suerte usted estará en casa a final de mes, cuidado por hermosas enfermeras. Lejos de este inmenso ataúd relleno de condecoraciones como ésta.- me enseñó la Cruz de Hierro que colgaba del bolsillo izquierdo de su chaqueta.- Que no sirven para nada después de muerto.- prosiguió.

Mientras aquel hombre hablaba dirigí la mirada alrededor. Nos hallábamos en el sótano de algún edificio. Había un par de mesas en un rincón repletas de papeles y con una radio de campaña emitiendo un pitido intermitente, sincronizado con las explosiones del exterior, lejanas. Las paredes de cemento estaban garabateadas a tiza con símbolos de unidades y un mapa mohoso del centro de la ciudad colgaba por encima de mi camastro. Apenas unos 20 metros cuadrados con restos de comida fría y cajas de munición por todas partes. Deduje que yacía sobre el lecho del oficial que me estaba hablando…

De repente me invadió un fuerte y profundo dolor en el pecho y todo se desvaneció…

«¡Harry, a comer! Deja en paz los animales y entra ahora mismo en casa.-

– Pero mamá, no tengo hambre. Déjame sólo un ratito más, aún es pronto.-

– ¡Te he dicho que no! Tu padre está al llegar y ya sabes que quiere vernos a todos en la mesa cuando vuelve…

– Vale, ahora entro.- cogió la carita peluda del perrito entre sus manos y le dijo:

– Me tengo que ir a cenar. Si puedo escaparme te traeré algo de comer, espérame aquí en el cobertizo y no me sigas. Sabes que a papá no le gusta que te metas en el comedor. Te quiero Rud, adiós.- El perro siguió la trayectoria del muchacho con mirada inteligente pero completamente quieto, como si hubiera entendido la orden. Al fin y al cabo el perro alemán es una raza muy obediente…»

Me despertó bruscamente una explosión demasiado cercana. Me pareció estar muerto porque no escuchaba ni veía nada, hasta que la electricidad volvió a encender la única bombilla de la estancia donde me encontraba. Varias personas más permanecían agachadas allí donde les sorprendió la explosión. A pesar de la violencia del impacto el sótano resistió y todos dimos tácitamente las gracias al hormigón bolchevique.

La conciencia me permitió ser testigo de lo que parecía ser una reunión de mando de alguna compañía desconocida para mí, por lo que presté atención a lo que allí se dijo.

– Éste cayó cerca. Han vuelto los lanzacohetes.- El hombre que habló vestía una guerrera negra de tanquista con galones de teniente y lucía un fino bigote dándole una aire de moderno.- La situación se complica, hemos de salir de esta zona lo antes posible.- continuó Franz Zintl.

Otro hombre de gran estatura y uniforme de coronel se incorporó agachando la cabeza para no tocar el techo y se dirigió a mi cuidador.

– Gerhard, ya lo ha oído. Mi regimiento se desmenuza entre las ruinas de esta gran ratonera. La única compañía que me queda intacta es la suya teniente.- empezó a desesperarse, algo poco acorde con el aspecto de hombre sereno que infundía en un principio.- Debe atacar ahora. Tiene que apoderarse del embarcadero a toda costa. Desde allí nos están machacando.- sentenció el Coronel.

– Lo siento mi coronel, pero sin apoyo de tanques y artillería no me juego la vida de mis hombres.- dijo con tranquilidad el teniente Gerhard.

– Cuente conmigo.- interpuso Zintl.- Acabamos de reparar el último Tigre que nos queda y yo mismo lo dirigiré. Iremos donde usted nos diga.

Un cuarto hombre, de aspecto taciturno, esperaba paciente su presentación por parte del coronel.

– También puede contar con la batería del Teniente Speckenheier. ¿Supongo que ha oído hablar de su pericia con el 88?.- apuntilló el coronel.

– Son dos grandes ayudas, pero no cambian las cosas. Para sacar a los rusos de sus posiciones hace falta más que eso.- dijo Gerhard con aire pesimista.

– No sea terco teniente. Es una orden. Hágase merecedor de esa cruz de hierro o le prometo un consejo de guerra por insubordinación.- el coronel estaba fuera de sus casillas definitivamente.

El Teniente Mayor Gerhard se sintió objetivo de todas las miradas posibles en una estancia tan pequeña. Incluso el pitido intermitente de la radio parecía obligarle a responder. Me miró con cara de preocupación, como intentando escapar a la presión y tensión que se palpaba en esos instantes.

Sólo Dios sabía lo que pasaba por la cabeza de aquel oficial en ese momento tan duro.

La suya fue una carrera brillante hasta Stalingrado: héroe de infantería en Polonia y ascendido a Sargento en Francia. Lograr llegar a Jefe de Compañía y su traslado a la prestigiosa 3ª División Motorizada supuso el punto culminante de una carrera que, como muchas otras, se hundieron entre las ruinas de la “Ciudad de Stalin” o “Ciudad Maldita” como muchos llamaban.

El brillante jefe de la 1ª Compañía del 29º Regimiento se decidió a contestar. Su voluntad era de hierro y quería demasiado a sus hombres como para sacrificarlos por unos ideales que ya no iban con él.

En ese momento se abrió la pequeña puerta del sótano y entró un uniforme lleno de polvo con una gorra de tela y anteojos de motociclista recubriendo a un hombre raquítico y demacrado de dos tallas menos. En un segundo cuatro “lugers” apuntaban a la cara arrugada del sorprendido fantasma. Éste se disculpó con un gesto y acto seguido dijo con aire nervioso y marcial al mismo tiempo:

– Herr Coronel, la División me informa que mañana despejará el tiempo. Además, ponen a nuestra disposición un escuadrón de “Stukas” que esperan órdenes en el aeródromo de Gumrak.

Las armas volvieron a sus fundas y las miradas al Teniente Mayor, que se hacía cada vez más pequeño a ojos vista. La presión pudo con él. No consiguió encontrar excusas convincentes para negarse y accedió a preparar el ataque.

En ese instante una fuerte punzada en mi hombro desvaneció la escena…

«Harry y sus padres se afanaban en acabar el postre, un delicioso pastel de queso recién hecho. El chico comía deprisa, casi sin masticar.

. Harry, come despacio.- dijo con autoridad su padre.- De todos modos no vas a ir al cobertizo hasta que acabemos todos. Por cierto Berta, ¿no hueles a quemado? ¿Tienes algo en el horno?- preguntó.

– No, que raro, yo también lo huelo.- dijo la mujer extrañada.

En ese momento un resplandor en la noche les hizo mirar hacia la ventana. ¡El cobertizo estaba ardiendo!

Los tres corrieron llevando cubos de agua pero fue inútil, la madera ardía tan fácilmente como difícil era apagarla.

La pequeña familia observó impotente como se consumía su reserva de paja para el invierno. Pero Harry, además, lloraba. Sabía que su perro Rud no había podido salir a tiempo.

Efectivamente, tras el incendio encontraron sus restos carbonizados. El dolor de la pérdida pudo con Harry y se desmayó…»

Desperté bruscamente de la pesadilla para volver al frío sótano. Seguía llorando.

Mientras cuatro soldados discutían acaloradamente la táctica a seguir ante un mapa desplegado, al quinto le costaba conciliar el sueño en aquel apolillado camastro. Dudaba poder salir de aquel infierno con vida. Desconocía la razón por la cual el Estado Mayor se empecinaba en conquistar aquel puñado de piedra y cascotes helados.

Probablemente nadie saldría con vida de allí. Moriríamos todos como perros en un granero ardiendo.

Pero eso no importaba, éramos alemanes y cumplíamos órdenes. Al fin y al cabo los perros alemanes son muy obedientes.

Harry esbozó una ligera sonrisa. Pronto estaría con Rud de nuevo….

CARRO DE COMBATE T.34

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