«Atrapados en Arnhem»

«O las aventuras de un paracaidista en el infierno»

21 𝒅𝒆 𝒔𝒆𝒑𝒕𝒊𝒆𝒎𝒃𝒓𝒆 𝒅𝒆 1944. 𝑯𝒐𝒍𝒂𝒏𝒅𝒂

Era un día radiante, sin apenas nubes.

Marek podía ver a gran distancia desde donde estaba. Por detrás, a lo lejos, el mar y al Este el Sol, que emergía del horizonte clavando los rayos en sus pupilas.

Cuando recuperó la visión descubrió, muy por debajo de él, una línea sinuosa, cada vez más ancha, de color verdoso: el Rin.

Mientras seguía cayendo lentamente centró su vista en la extensión verde de allí abajo.

Podía ver el puente sobre Arnhem, humeante, pero en pie.

El ruido era ensordecedor.

Explosiones aquí y allá. Disparos de fusil, de ametralladora, de armas que desconocía.

Diríase que bajaba al mismísimo infierno.

A sus fosas nasales  llegaba el humo de tierra firme. Olor a quemado, acre e irritable al mismo tiempo.

Se arrepintió de tirarse de aquel avión “Dakota”, pero ya era tarde.

Buscó con la mirada a su fiel amigo Oskar. Lo vio por debajo de su posición. Él llegaría antes a tierra.

Más ruido de disparos, contra él.

No sabía rezar, pero lo hizo. Apretó los dientes y cerró los ojos. No quería morir allí. Tenía un futuro prometedor, de gran éxito.

Una ráfaga de viento repentina lo llevó lejos. Abajo, se sucedían con rapidez los árboles, los campos, los árboles y los campos otra vez.

Cayó a tierra. Dobló las rodillas como le habían enseñado y rodó sobre sí mismo.

En un acto reflejo se quitó el paracaídas y corrió hacia un bosquecillo de hayas cercano. Amartilló el subfusil Sten y se protegió tras un tronco. Miró a todos lados. Estaba solo.

Un momento. Allí en el claro estaba Oskar, inmóvil.

Parecía herido.

Estaba a unos 50 metros.

En ese momento aparecieron alemanes al otro lado del claro. Habían localizado a Oskar y se dirigían hacia él.

Había que decidir rápido y Marek optó por: (en resaltado la opción elegida)

🅐 : Auxiliar a su amigo aun a riesgo de ser capturados o abatidos.

🅑 : Pensar: «no puedo ayudar a Oskar, es muy arriesgado», mientras se ocultaba entre los árboles.

Recordó el entrenamiento y, por un instante, pensó en ocultarse. “Mejor uno vivo que dos muertos”, decía siempre el Sargento.

Pero nada le había preparado para afrontar la pérdida de su amigo Oskar. Juntos habían logrado escapar de Polonia después de que capturasen a sus familias y los llevasen a campos de trabajo.

Razón o locura, no importaba cuando se vio corriendo hacia Oskar. Levantó el arma y roció a los alemanes de una ráfaga polaca, llena de odio. Los soldados de la Wehrmacht se sorprendieron ante el ataque. Dos de ellos cayeron, inertes. Los tres restantes buscaron cobertura de nuevo en los árboles.

Parecía como si todo un pelotón de polacos hubiese emergido de la arboleda hacia el centro del claro.

Marek aprovechó para lanzar una granada a la posición alemana que causó un gran estruendo. Si no los mataba, los dejaría aturdidos el tiempo suficiente para poder escapar.

Llegó hasta donde yacía Oskar. Seguía vivo, pero con una herida muy fea en la pierna.

A pesar de su delgadez extrema, Marek tenía mucha fuerza. Cogió a su amigo a horcajadas y volvieron al bosque mientras disparaba hacia atrás sin apuntar.

Tras unos interminables segundos llegaron al grupo de hayas donde Marek pudo descansar.

Los alemanes no le habían seguido, pero sabía que era cuestión de tiempo que fueran en su busca.

Apenas le quedaba munición y estaba lejos del punto de reunión de su brigada, donde podría abastecerse. De hecho, ese lugar estaba más allá de los alemanes.

Miro alrededor.

A través de los árboles descubrió un conjunto de casas. Debian ser los arrabales de Driel. El pueblo estaba entre los objetivos de su grupo de combate.

Más a la derecha corría una especie de canal que parecía poco profundo.

Por otro lado, Oskar estaba perdiendo mucha sangre. Tenía que decidirse rápido.

Después de pensar los pros y los contras a contrarreloj, Marek decidió… (en resaltado la opción elegida)

🅐: buscar refugio en las casas. Quizá pudieran esconderse a tiempo.

🅑: alcanzar el canal y tirarse al agua dejándose arrastrar por la corriente lejos de los alemanes.

🅒: intentar taponar la herida y defenderse de los alemanes hasta la llegada de refuerzos.

No había tiempo para ocuparse de la herida. Volvió a cargar con Oskar y caminó hacia el canal.

Llegó al linde del bosque. A la izquierda había un conjunto de casas de dos plantas, a la derecha campos y delante el estrecho canal de un metro de profundidad que les cortaba el paso.

Los duros combates entre cazas en el cielo y las densas y lejanas humaredas al norte y al este eran las pruebas de lucha y destrucción.

No lo pensó más, se tiró a las aguas del canal junto a Oskar.

El agua estaba helada y Oskar recuperó la consciencia por el cambio brusco de temperatura.

—¡Marek! ¿Dónde estamos? —preguntó el herido.

—Shhhh —le silenció Marek—. Hemos caído tras las líneas alemanas.

El canal era poco profundo. El agua llegaba a la cintura, pero tenía la suficiente fuerza para arrastrarles lejos de las casas.

Al poco escucharon alemanes registrando los edificios en su busca.

Mientras se ocultaban en el lecho del canal, Marek intentó realizar un torniquete de emergencia en la pierna de Oskar. El agua fría había ayudado a reducir el sangrado y no le resultó difícil. Aun así, requería un médico con urgencia.

Al cabo de unos minutos, fuera de peligro, Marek asomó la cabeza y descubrió con horror que el canal desembocaba en el mismo Rin, pocos metros más allá.

Con rapidez trepó el pequeño talud del canal y tuvo que levantar a peso a su amigo malherido.

Al fin a salvo y a cubierto en una acequia, cansados y tiritando de frio, consultaron el pequeño y simple mapa que llevaban todos en caso de necesidad.

Localizó Driel al oeste, con el campanario de la iglesia a lo lejos. Al norte, en la otra orilla del Rin se veía el contorno de Oosterbeck, humeante. Al este el rio se perdía en el horizonte. Según el mapa, Arnhem estaba a unos 4 km. en esa dirección. Allí también había densas columnas de humo.

—¿Dónde vamos amigo?

Marek y Oskar discutieron todas las opciones y decidieron… (en resaltado la opción elegida)

🅐: arriesgarse a entrar en Driel en busca de un médico.

🅑: intentar buscar una embarcación para cruzar el Rin hacia Oosterbeck, donde seguro habría americanos.

🅒: esconderse e intentar regresar a sus líneas al amparo de la noche.

Oskar no podría llegar muy lejos con esa herida, así que la mejor opción era esconderse hasta que llegara la noche.

Marek sacó la pequeña pala reglamentaria e hizo un hoyo en la tierra blanda para poder ocultarse. Era media mañana y aún quedaba mucho para la noche.

Oskar llevaba el botiquín básico. Vació la bolsa de sulfamida en la herida y la vendó lo mejor que pudo.

Comieron raciones de combate y compartieron un cigarrillo marca Raleigh. Era bastante malo, pero lo único que tenían.

Pasaron las horas y Oskar empeoraba por momentos. Su cuerpo ardía por la fiebre.

La luz del día iba perdiendo intensidad.

De repente se escuchó una explosión cercana. Marek se asomó y vio un pelotón de alemanes avanzando hacia el pueblo. Pasarían muy cerca de su posición. Con un gesto le indicó silencio a Oskar, que comprendió.

—Vete —susurró el herido.

—Pero ¿qué dices? No te dejaré aquí.

—Voy a morir hoy, amigo. —Su semblante era serio—Toma, búscalas cuando acabe todo esto y diles que las querré siempre.

Le entregó una plaquita de metal, con la foto de una mujer y una niña, atada a un collar. Marek no supo qué decir.

—¡Lárgate y vive! —Oskar tosió y tragó sangre— Gracias por todo, amigo. Eres un gran hombre.

Marek, con un nudo en la garganta, pensó las opciones y decidió… (en resaltado la opción elegida)

🅐: no abandonar a su amigo y defenderlo si se diera el caso.

🅑: hacer caso a Oskar tirándose al canal para llegar hasta el Rin y poder escapar.

🅒: hacer caso a Oskar y escabullirse reptando por la acequia hasta las primeras casas del pueblo.

—Me siento culpable por no poder evitar que se llevaran a nuestras familias —afirmó Marek—. No pasará lo mismo contigo.

Oskar negó con la cabeza mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—Eres un judío cabezota —respondió—. Dame una granada y prepárate a morir luchando.

Se agazaparon a la espera del enemigo. Pudieron contar un par de docenas de soldados y un transporte semioruga que avanzaba hacia el pueblo y ellos estaban en su camino.

La manera en que avanzaban hizo sospechar a Marek de la presencia de su unidad en el pueblo. Podría haber ido a buscar ayuda mucho antes. Eso le hizo sentir culpable.

El primer disparo lo devolvió a la realidad. Oskar inició las hostilidades gritando de puro odio. Marek hizo lo mismo. Hubo alguna baja entre los alemanes antes de que se tiraran cuerpo a tierra. Después fue un intercambio de disparos sin ningún acierto.

El semioruga llevaba montada una ametralladora que empezó a castigar a los dos polacos.

Apenas podían sacar la cabeza por la violencia de los proyectiles de 7,92mm. Era tal la lluvia de plomo que el agujero donde estaban empezaba a taparse de tierra otra vez.

No había esperanza.

Marek lanzó una granada señalizadora de humo rojo. Poco importaba ya que los descubriesen.

El final estaba cerca.

De repente hubo una explosión justo al lado de su posición. Antes de perder la conciencia Marek pudo ver la sombra de algo en el cielo…

…alguien le zarandeó.

—¡Ya está bien de dormir soldados! —ordenó en polaco.

Marek abrió los ojos y vio el rostro del arrugado capitán Seleniak, sonriente, junto a toda su unidad. Era de noche.

—¡Estamos salvados Oskar! —Cogió su mano fría y rígida.

Marek lloró.

Fueron llevados al pueblo donde dieron sepultura a Oskar. Marek se aseó un poco y comió mucho.

La buena noticia era que seguía vivo. La mala era que estaban rodeados de alemanes por todas partes o eso le explicaron.

El capitán describió la situación y pidió voluntarios. Había dos tareas para realizar y Marek se apuntó a… (en resaltado la opción elegida)

🅐: ayudar a montar un perímetro de defensa en el pueblo y defenderlo a toda costa.

🅑: ayudar a construir barcas para cruzar el rio hacia Oosterbeek y rescatar a los aliados allí sitiados.

La rabia por la muerte de su amigo sacó fuerzas de Marek para cavar una trinchera en el linde del pueblo. Pasó el resto de la noche trabajando sin descanso. Montaron alambradas, cavaron pozos de tirador, taponaron las entradas del pueblo con vehículos, muebles y multitud de cosas prestadas por los civiles holandeses, que estaban encantados con sus “libertadores”.

Las noticias del resto de combates en la zona de Arnhem no eran muy esperanzadoras. El puente no se había capturado y en Oosterbeek los británicos resistían los ataques alemanes. Más al sur se había logrado capturar Eindhoven y Nimega pero el avance era lento.

La única opción, según el coronel Sosabowski, era intentar llegar a contactar con las tropas del sur, después de rescatar a las del norte.

Una niña de apenas diez años se acercó a Marek mientras escuchaba las noticias.

—Hola, me llamo Anne.

Marek tenía facilidad para los idiomas, fue profesor de idiomas en Varsovia. El holandés no lo conocía, pero la entendió perfectamente.

—Mi madre necesita ayuda —la frase era más larga, pero Marek entendió lo justo. Le cogió la mano y la siguió sin pensarlo.

Llegaron a una casa de una sola planta con jardín, típica de la zona. La madre esperaba en el porche.

—Gracias por venir —dijo en francés que Marek sí hablaba.

La mujer tendría la treintena larga, pero parecía más mayor. Llevaba el pelo rubio recogido en una cola.

—Necesito su ayuda.

—¿Por qué yo?

—Digamos que tengo un buen pálpito con usted —Marek se limitó a asentir con la cabeza—. Mi hermano está herido en el sótano, necesita ayuda.

—Pues llévelo a la iglesia, allí está el médico—. La mujer no contestó y, con un gesto, le animó a acompañarla.

Bajaron las escaleras y llegaron a una estancia iluminada por una sola bombilla.

Marek se quedó de piedra al ver el joven allí tumbado con una herida en el pecho.

Vestía uniforme alemán…

Marek decide que(en resaltado la opción elegida)

🅐: es mejor informar a su superior para que capturen al alemán y lo puedan atender.

🅑: es posible que los polacos maten al alemán y guarda el secreto.

🅒: no es su problema, no hará que lo atiendan, pero tampoco que lo capturen.

El deber obligaba a informar, pero sintió compasión por aquella familia. Todos merecían una oportunidad, la que no tuvo su familia.
—Por favor, ayúdenos —imploró la mujer.
—De acuerdo, la ayudaré —contestó pensando las opciones—. Primero hay que encontrar a alguien que atienda la herida y debería cambiarse de ropa, sobre todo.
—Muchísimas gracias, señor…
—Llámeme Marek.
La mujer y la niña ayudaron al herido a vestirse. La herida era de bala por debajo del hombro. No sangraba en exceso y parecía limpia. Sobreviviría.
El chico miraba a Marek con desconfianza y miedo a partes iguales.
—El médico vive en las afueras del pueblo —explicó la mujer que se presentó como Marie.
La casa, según le explicó, quedaba fuera del perímetro de defensa polaco. Marek frunció el ceño. Había dado su palabra de ayudarles así que pensó la manera de salir a por el médico. Debería ser al amparo de la noche. No tendría muchos problemas en salir, pero quizá sí al volver a entrar. Ya pensaría en algo.
Dejó a la familia y volvió a la iglesia para comer algo y enterarse de cómo iba todo. En el fondo deseaba salir de aquel pueblo y dejar la guerra para siempre, que nada hubiera ocurrido. Volver a reír los chistes de Oskar y brindar con la familia. Él no estaba hecho para matar.
Las noticias del rio no eran mucho mejores: intentaron cruzar, pero toparon con fuerte resistencia en la otra orilla.
Después de un día tranquilo, llegó la noche y Marek puso en marcha su plan. Consiguió salir en un cambio de guardia y llegó a la casa del médico. El hombre, afable, le entendió a la primera. Recogió su maletín y siguió a Marek.
Justo al salir de la casa una explosión iluminó la noche. Los alemanes estaban atacando el pueblo. Volvieron dentro de la casa con rapidez.
El pueblo se iluminaba a intervalos por los destellos de las trazadoras y los proyectiles explosivos. Parecía que los polacos aguantaban.
Sonido de pasos en el porche…
Varios alemanes rodeaban la casa. Tenían la intención de entrar…
Marek pensó rápido y decidió… (en resaltado la opción elegida)
🅐: aprovechar el ruido del ataque y atacar a los intrusos por sorpresa cuando entren.
🅑: esconderse en la casa pidiendo al médico que no lo delate.

Era el momento de luchar. Hizo señas al médico para que se escondiera y él tomó posición al lado de la entrada.

Los tres alemanes golpearon la puerta con energía. No hubo respuesta. Marek amartilló su revólver Webley, mucho mejor en distancias cortas.

Los alemanes echaron la puerta abajo y entraron. Con un rápido movimiento, Marek agarró por el cuello al primero con el brazo izquierdo y, cubriéndose con él, disparó a los otros dos alemanes sorprendidos. Uno de ellos recibió un disparo en la cabeza y el otro en el pecho. El soldado que tenía agarrado le dio un codazo en el abdomen, liberándose. Se giró y con la culata del fusil le golpeó la mano derecha antes de que pudiera disparar. El revólver salió volando, cayendo detrás del sofá. Marek agarró el fusil y forcejearon, dándose patadas y cabezazos. El alemán también era fuerte y más fornido que el polaco. Rodaron por el suelo mientras los cascos caían también con gran estrépito. Intercambiaron puñetazos y codazos. Era una lucha a muerte, todo valía. Marek perdió el equilibrio al tropezar con la mesita de la chimenea y cayó de espaldas. El alemán aprovechó para sacar el cuchillo. Se tiró encima del polaco, que logró agarrar la mano que buscaba su corazón. Los dos soldados sudaban a mares. El alemán usó todo su peso para que el cuchillo penetrara en el pecho del exhausto polaco. Ario contra judío. Solo uno podía vivir. La punta afilada alcanzó la piel y Marek notó cómo brotaba la sangre. Las fuerzas le abandonaban y el alemán sonreía. De repente los ojos del ario se volvieron blancos y su cuerpo inerte cayó al lado de Marek. El médico estaba de pie delante de él, con la pala de la chimenea en la mano.

—Gracias —fue lo único que pudo decir Marek antes de desmayarse.

Despertó en una cama. El médico le atendía su herida. No estaban seguros allí. Miró por la ventana y del pueblo se elevaban columnas de humo. Era posible que los polacos lo hubieran perdido.

Marek decidió… (en resaltado la opción elegida)

🅐: volver con el médico de todas formas para conocer la situación y ayudar al hermano de Marie.
🅑: que el pueblo estaba condenado y ofreció al médico poder escapar de allí juntos.

En aquella casa no podían quedarse y Marek necesitaba conocer la situación en Driel. Urgió al médico y se dirigieron al pueblo bajo unas nubes que amenazaban tormenta. Buscó la manera de llegar sin que los vieran, hasta que divisó la bandera polaca ondeando en la Iglesia. Suspiró aliviado.

Con la excusa de que el médico era un refugiado que encontró fuera del pueblo lograron entrar y, sin demora, llegaron a casa de Marie. El alemán había empeorado a causa de una infección, pero el médico le dio esperanzas.

—Muchas gracias, Marek —agradeció Marie con lágrimas en los ojos—. ¿Cómo puedo recompensar lo que ha hecho por nosotros?

El antiguo profesor de idiomas no encontraba palabras en francés para contestar esa pregunta, pero un pensamiento absurdo afloró en su mente.

—Tarde o temprano nos iremos de aquí —contestó—. Y los alemanes tomarán represalias con el pueblo por todo lo que nos han ayudado. Vénganse conmigo. Les garantizo su seguridad.

Se arrepintió de decir aquello en cuanto acabó la frase. Su mente le había jugado una mala pasada al observar la preciosa cara de aquella mujer. Marie lo miró sin sorprenderse. Su vida no había sido fácil tampoco.

—Me pensaré su oferta.

Marek sí que se sorprendió y emocionó. Salió de la casa exultante y descubrió que los polacos estaban cantando en la calle. Varios carros de combate tipo “Cromwell” habían llegado desde el sur, de refuerzo. Eran irlandeses y traían provisiones.

Aquel 23 de septiembre fue una fiesta en Driel. Marek se enteró que solo era una avanzadilla del XXX Cuerpo británico, atrincherado en Nimega, con el objetivo de contactar con ellos y rescatar a los de la otra orilla del Rin.

Al llegar a la iglesia, Marek y su compañía recibieron nuevas órdenes: tenían que cruzar el rio hasta Oosterbeek. La alegría se tornó en preocupación. El cruce era muy peligroso por el fuego enemigo y las posibilidades de acabar muerto o prisionero eran muy altas.

Marek pensó en otra opción y eligió… (en resaltado la opción elegida)

🅐: hablar con el Capitán y ofrecerse como intérprete con la gente del pueblo para evitar cruzar el rio.
🅑: acatar las órdenes y cruzar el rio para intentar rescatar a los ingleses de Ooesterbeek.

El deber era lo primero y muchos buenos hombres necesitaban su ayuda.

Con los refuerzos llegaron barcas metálicas de origen canadiense para cruzar el rio. Se dispusieron todas en la orilla y, al anochecer, comenzó la operación. Marek subió a una de las últimas. Remaron en silencio, en una oscuridad salpicada de fogonazos e incendios de la otra orilla. Los ciento cincuenta metros de agua le parecieron dos leguas, hasta que se desató el infierno. Una lluvia de proyectiles de ametralladora cayó sobre los polacos. En la primera andanada murieron varias decenas. Marek se protegió dentro de la barca, como el resto de sus compañeros, quedando a la deriva. La cortina de fuego no cesó hasta que los cañones de 75mm de los “Cromwell” la silenció. Las explosiones y los gritos de dolor del otro lado animaron a continuar remando. El resto fue una carnicería. Los polacos establecieron una cabeza de playa rematando a todos los alemanes supervivientes, sin piedad.

Oosterbeek ardía. Contactaron con los británicos en la iglesia protestante donde estaban sitiados.

—Quedamos unos 200 hombres, señor —anunció un joven sargento al capitán de Marek.

—Hay que largarse de aquí, les esperan en casa —contestó el polaco con cierto sentido del humor.

Los paracaidistas británicos parecían sombras que se arrastraban tras casi una semana de combates sin descanso. Estaban al borde de la extenuación. Marek ayudó a levantarse a uno de Manchester, pálido y demacrado.

Una explosión les hizo tirarse cuerpo a tierra. Los alemanes, sabiendo de la presencia de los polacos, iniciaron otro ataque. Alguien gritó: “¡Tanques Tigre!” y todos se metieron en la robusta iglesia, atrancando puertas. Las gruesas paredes de piedra temblaron ante los impactos, pero resistieron.

—Necesito que alguien suba al campanario para observar la situación y avisar a la otra orilla —ordenó el capitán—. Un pelotón que salga al camposanto y haga todo el daño que pueda a esos tigres.

Marek optó por… (en resaltado la opción elegida)

🅐: subir al campanario con una linterna para observar y mandar un mensaje a la otra orilla.
🅑: coger una bazuca y salir al cementerio para emboscar a los tanques.

Marek no se lo pensó dos veces. Agarró la linterna y subió la escalera de caracol a toda carrera. La iglesia estaba siendo castigada por los impactos de los cañones de los carros alemanes y ametralladoras. Era un auténtico infierno de plomo.

Llegó al campanario y observó la situación. Estaban completamente rodeados de enemigos. A la derecha, más allá del cementerio amurallado, los tigres se aproximaban. Un pelotón de polacos estaba emboscado detrás del muro. Al acercarse uno de los carros, abrieron fuego con la bazuca y las orugas quedaron inservibles. El tigre abrió fuego con las ametralladoras y del pelotón solo quedó un soldado herido que se escondió tras una lápida, rezando para no ser visto.

Desde las casas del otro lado de la calle, hacia el interior, ametralladoras apostadas en las ventanas hacían fuego de cobertura para las tropas que se aproximaban al lado norte. Al sur, hacia el rio, la explanada parecía despejada. Encendió la linterna y comenzó a enviar un mensaje en código morse. Pronto recibió respuesta desde la otra orilla. Contestaron que no tendrían refuerzos hasta el amanecer. Estaban solos.

Pero vio opciones de llegar a las barcas. Una vez en el rio tendrían el apoyo de los Cromwell del otro lado. No era una idea descabellada y así se la propuso al capitán Seleniak.

No tenían otra opción si querían sobrevivir.

El capitán dio las órdenes oportunas y todo lo que quedaba del batallón se movió como un verdadero equipo. Lanzaron una cortina de humo alrededor de la iglesia y varios pelotones con bazucas inmovilizaron varios tanques que impidieron el avance al resto.

Llegaron a las barcas a la carrera mientras un grupo de soldados heridos se quedaban para cubrir la retaguardia por propia iniciativa.

Una vez en las frías aguas del Rin, Marek respiró tranquilo. El fuego de cobertura de la otra orilla y otra cortina de humo permitieron llegar a Driel sin muchas bajas.

Los polacos estaban exhaustos. Marek necesitaba descansar, pero también ir a ver a Marie.

Decidió… (en resaltado la opción elegida)

🅐: echar una cabezada en la iglesia junto a sus compañeros.

🅑: ir a casa de Marie para verla y preguntar por su familia.

Desde que aterrizó en Holanda solo había tenido momentos malos, horribles y peores. Por suerte seguía de una pieza y pensaba aprovechar su buena suerte. Todos esos pensamientos bullían en su cabeza mientras tocó a la puerta de Marie cuando el cielo empezaba a clarear. Así que, cuando la mujer abrió la puerta, la rodeó con sus brazos y la besó con decisión. Ella no se apartó, al contrario, lo arrastró hacia dentro, cerró la puerta, todo eso sin separar sus labios en un largo beso húmedo que los llevó a la habitación. Las penurias de la guerra, el estrés del combate, la inseguridad por los seres queridos, un futuro incierto…

Había que aprovechar el momento, cosa que Marek y Marie tuvieron claro. Desnudos bajo las sábanas, piel contra piel, dieron rienda suelta a su deseo. Hicieron el amor como si no hubiera un mañana.

Siguieron fundidos en un abrazo hasta bien entrada la mañana. Marek no pudo más y se quedó dormido como un recién nacido, desnudo y satisfecho.

Despertó con Marie sentada a su lado y le ofreció café y un plato con tostadas y mantequilla. Marek agradeció el detalle y comió con rapidez.

Descubrió que era casi mediodía y su capitán lo iba a matar con toda seguridad. Plantó un beso rápido en los labios de Marie y se vistió a la carrera para acudir a su Unidad.

Al llegar a la iglesia el coronel estaba dando una charla a todo el batallón. Los compañeros le indicaron con gesto obscenos que se limpiara el carmín de los labios. Se sonrojó.

—La cosa pinta mal —explicó el coronel—. Mañana nos largamos de este caldero. La batalla por Arnhem se ha perdido. Volvemos al sur para contactar con las tropas en Nimega. Y de ahí para casa.

Marek sintió alegría y tristeza al mismo tiempo. Tanto sacrificio para nada. Así era la guerra: algunas naciones podían ganarla, pero todos los hombres perdían.

Tras las órdenes de su capitán Marek optó por… (en resaltado la opción elegida)

🅐: salir ya hacia el sur con un grupo de avanzada para allanar el camino del resto del batallón.

🅑: quedarse en Driel para organizar la marcha del día siguiente con los civiles que deseasen irse.

Marek deseaba estar cerca de Marie y ayudar todo lo posible a los habitantes de Driel. Su pelotón fue casa por casa anunciando la marcha y dando la opción de irse con ellos para evitar la represión nazi posterior. Muchos aceptaron, pero otros optaron por quedarse. Un chico llamado Riken, de la resistencia holandesa, les ayudaba con el idioma. Poco a poco, durante todo el día, multitud de refugiados se fueron agolpando en la plaza de la iglesia, incluyendo al médico, Marie y su hija. El hermano de Marie quiso quedarse. Tras los abrazos de rigor se desearon buena suerte.

El coronel eligió la noche para abandonar el pueblo. La ruta era por caminos secundarios hacia el sur para alcanzar Nimega y la salvación.

La noche cayó sobre Driel y la columna de civiles y militares inició la huida. Dos carros de combate se situaron por delante y dos por detrás, protegiendo la retaguardia.

Muchos polacos tenían la sensación de que algo saldría mal. Era una marcha de alto riesgo ante un posible ataque alemán. Pero quedarse era mucho peor.

A ambos lados de la columna y el camino, los soldados establecieron un perímetro de seguridad de un centenar de metros, para evitar ataques por sorpresa. El trayecto era de unas tres horas caminando a buen ritmo. Con niños y ancianos el tiempo subía a las cinco horas. Si todo iba bien llegarían antes del amanecer.

Marchaban por un camino secundario de tierra que atravesaba los campos, sin cobertura de ningún tipo.

Llevaban la mitad del camino cuando alguien dio la alarma. Toda la columna se detuvo. Un foco se encendió desde una antigua torre de vigilancia medieval, a medio kilómetro. Los habían visto. Hubo disparos y los civiles corrieron en estampida en dirección contraria. Marek perdió de vista a Marie durante unos instantes. Los alemanes comenzaron el ataque desde la izquierda con apoyo de morteros.

Marek, en el suelo, recibió órdenes y al final optó por: (en resaltado la opción elegida)

🅐: seguir órdenes del capitán y silenciar los morteros con un ataque por el flanco.

🅑: proponerse voluntario para dirigir un pelotón que reagrupase a los civiles ante el caos del ataque.

La preocupación de Marek por el paradero de Marie influyó mucho en su decisión y, por suerte, el capitán accedió a la propuesta. Reunió a cuatro compañeros para reagrupar los civiles. Las luces del combate iluminaban la caótica noche.

Los proyectiles silbaban a su alrededor y las explosiones los tiraron al suelo en un par de ocasiones. Al cabo de una hora, el combate había finalizado con los alemanes silenciados. Pero no había ni rastro de Marie. Muchos civiles habían huido y tendrían que apañárselas por su cuenta.

Había multitud de heridos por atender y la noche estaba llegando a su fin. Con los alemanes pisándoles los talones, el coronel tuvo que dar la difícil orden de seguir hacia Nimega para salvar a su batallón, dejando atrás a los civiles perdidos o heridos.

Marek iba de un lado a otro buscando a Marie. No quería marcharse sin encontrarla. Era lo único que valía la pena de aquellos cuatro días de pesadilla. Siguió en su busca mientras el último soldado de su batallón se internaba en la noche, dejándolo solo.

El joven polaco estaba desesperado, pensaba que la habría perdido para siempre, hasta que vislumbró la silueta de una niña arrodillada ante un cuerpo, dentro del cráter de una explosión. Allí estaba Marie, inmóvil. Marek corrió hacia ella. Su cuerpo estaba caliente, seguía viva. Tenía la cabeza ensangrentada y el médico holandés estaba junto a ella.

—¡Marie, Marie! —la llamó. —¡No me dejes solo!

—Marek. —Marie abrió los ojos—. Abrázame.

Se fundieron en un largo abrazo.

Amanecía y Marie estaba conmocionada, pero podía caminar.

Marek tuvo que decidir: (en resaltado la opción elegida)

🅐: seguir a pie los cuatro hacia la salvación de Nimega, con el riesgo de ser vistos por los alemanes.

🅑: quedaba mucho camino bajo el sol. Era mejor disfrazarse de civil y pasar desapercibidos junto al resto de los heridos.

La salvación estaba demasiado cerca para dejarla escapar. Agarró a Marie por la cintura y echaron a andar. Marek calculaba unos dos kilómetros hasta Nimega.

Se hizo de día. Había que apresurarse. Marek animó a Marie, su hija y el médico para aligerar el paso. Tiró el casco y cargó con la niña, visiblemente cansada.

El sol se elevaba por el oeste. En ese momento escucharon ruido de motores. Un par de camiones y un coche alemanes se acercaban a sus espaldas. El joven polaco maldijo su mala suerte. Sin disfraz y sin ayuda, no había escapatoria. Era inútil luchar. Dejó a la niña en el suelo, tiró el arma y levantó los brazos, impotente. Marie le abrazó.

Los vehículos se detuvieron frente a ellos y un grupo de soldados los rodeó, apuntándoles con fusiles y gritando órdenes en alemán. Marek se arrodilló. Una lágrima cayó por su mejilla. ¡Lo habían tenido tan cerca!

Entonces Marie reconoció a uno de los soldados. ¡Era Jan, su hermano!

Llevaba un fusil y estaba en el bando contrario. Los alemanes agarraron a Marek y lo sacaron del camino. Por los comentarios, su intención era ejecutarle allí mismo. Marie gritó clemencia, la niña comenzó a llorar y el médico intentó evitarlo ganándose un culatazo.

Marek se quedó de pie, de frente al pelotón de fusilamiento, desafiante y, al mismo tiempo, ansioso de acabar aquella pesadilla por fin.

Por el rabillo del ojo vio algo en el cielo, con el tiempo justo de decir en un perfecto francés: —¡Al suelo!

Un escuadrón de spitfires hizo un picado para ametrallar a los alemanes mientras Marie y los suyos se protegían. Se hizo el caos y los alemanes dispararon al cielo intentando conjurar la amenaza sin éxito.

—¡Largaos! —gritó Jan—. Rápido. El rio está detrás de aquella loma.

El chico mostró su agradecimiento por haberle salvado de la muerte en Driel.

No lo dudaron. Echaron a correr hacia la salvación. Un par de alemanes les apuntaron, pero Jan los mató antes que dispararan. Él también cayó en el tiroteo. Marie lloró sin dejar de correr.

Tras la loma vieron el puente sobre el Waal con la bandera norteamericana ondeando al viento y, al otro lado, Nimega . Era la libertad.

Todo había acabado.

FIN