MICRO RELATOS

Una muestra de como contar una historia en pocas palabras. Un arte difícil de dominar…

Deseo de libertad

– Tú y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado, saborear el color de la noche, degustar el perfume del aire libre. Seremos dos almas al viento, guiadas por el destino, liberadas de todo mal, unidas entre sí como el día sigue a la noche, como el Sol juega con las sombras. Entonces podré amarte por siempre y jamás me separaré de ti.- dijo la mujer entre sollozos.

– Estoy seguro de ello, cariño- respondió el hombre mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

Acabó el tiempo y él volvió a su celda.

Ella supo que nunca más volverían a verse.


La verdad oculta

(Micro relato 1º Premio del Concurso de Micro relatos «Vila Parietes», 2018)

La fiesta de chicos llegaba a su fin.

Sergio pasó toda la noche rehuyendo la pueril manada, evitando conversaciones, juegos absurdos y demostraciones viriles de fuerza.

Cansado, no pudo escapar de la calidez de un guiño aislado pero sincero.

Quizás no hiciera falta ocultar por más tiempo su condición.


Nostalgia

Salí de casa sin rumbo fijo, pero mis pasos me dirigieron al rompeolas del final del paseo. Sentado sobre unas rocas, un hormigueo me recorría la espalda mientras recordaba el barco de mi padre fundiéndose en el azul del horizonte por última vez.  Como entonces, era Navidad.


Polizonte no deseado

– Son las doce horas, un minuto y quince segundos.- dijo la voz anodina pero sensual de la computadora.

– ¡Podrías ayudarme!- el biólogo Parker era el único superviviente del viaje de exploración al planeta XC-300.- ¿Dónde está el parásito?- repitió por enésima vez.

– Información no computada…- obtuvo por respuesta.

– Vamos, hombre, ¿ha matado a todo mi equipo y no sabes nada?- Esta vez no obtuvo respuesta.
Parker siguió comiendo con ansia.
Tuvo un acceso de tos y algo se movió en su estómago. Sonrió pensando que pronto vería a su gente.


Una visita indeseada

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento.
Afuera el griterío era ensordecedor. Las canciones protesta subían en intensidad y Antonio estaba cada vez más nervioso. Volvió a mirar la puerta y luego a su familia. Sus dos tesoros permanecían en una esquina, aterrorizadas.
Se asomó a la ventana y las proclamas se tornaron vítores y expresiones de ánimo, mientras el móvil no dejaba de sonar.
Tocaron al timbre.
A pesar de todo, se haría efectiva la sentencia.


Una historia demasiado frecuente

El autobús llegó puntual a la parada de Vía Augusta.
Un niño de pelo rubio acompañado de la que parecía su madre subió al autobús amarillo mientras jugueteaba con un coche de miniatura.

Había muchos asientos libres pero el niño fue corriendo a sentarse al lado de otro niño, más o menos de su edad, que jugaba con una consola portátil al lado de su madre.

– Hola, me llamo Èric.- se apresuró a decir el recién llegado.- Tu, ¿Cómo te llamas?

– José.- fue la escueta respuesta sin levantar la mirada de la pantalla.

El vehículo inició su vaivén habitual en dirección a la siguiente parada.
El chico rubio jugaba inquieto con el cochecito mientras el otro niño solo movía los dedos. Éste último vestía una sudadera azul con capucha que le cubría la cabeza, a pesar de no hacer ni pizca de frío.

– Voy con mi madre a un parque.- continuó el pequeño inquieto.- Me ha dicho que tiene el nombre de una persona famosa, pero no me acuerdo. ¿Dónde vas tú?

– Voy a que me hagan unas pruebas al médico.- contestó el otro con más palabras de las habituales.

–¿Estás malo?

– No, mi padre me ha dicho que soy un superhéroe y me tienen que decir los poderes que tengo.

– ¡Venga ya! Dices mentiras. Los superhéroes no existen

– Y tu, ¿Cómo lo sabes?, ¿has visto alguno?.- preguntó molesto el de la capucha.

– Pues no.- respondió pensativo el rubio.- ¿Por qué llevas capucha con este calor?

– No quiero que me reconozcan los malvados villanos. Es lo que tiene ser superhéroe.

– Ah, pues que chulo ser superhéroe.

Parada tras parada el autobús avanzaba hacia su destino, mientras los dos niños se iban haciendo más amigos.
Por fin, llegó la parada de destino para uno de ellos.
El niño de la capucha dio la consola a su madre y ambos se levantaron de sus asientos para dirigirse a la salida.

– Ya hemos llegado.- dijo el de la sudadera.- Ojalá nos veamos pronto. Hasta puede que te salve de los malos la próxima vez. Hasta luego Éric.

– Adiós José, si vienes a mi casa te dejaré mis coches para jugar.- se despidió el rubio.

Bajaron del transporte a la calle. A José se le cayó la capucha hacia atrás mientras se despedía con la mano de Éric. Su cabeza totalmente rapada brillaba al Sol. Éric observó al chico con admiración, saludándolo con un movimiento de dedos y pensando cunado lo volvería a ver, sin darse cuenta que a su madre le resbalaba una lágrima por la mejilla.
El autobús dejó la parada Hospital Sant Joan para dirigirse a un nuevo destino al que Éric le habría gustado recordar.


Amanecer insaciable

El despertador sonó a las siete en punto como cada mañana. Pero el señor Ramírez no tuvo, ni siquiera, intención de apagarlo. Llevaba despierto toda la noche.

La fiesta de cumpleaños de su señora madre el día anterior lo dejó raro. La atractiva mujer de piel blanca y curvas impresionantes que se le insinuaba, los extraños cócteles que preparaba un individuo desconocido y sospechoso; todo fue demasiado para aquel soltero cincuentón y calvo. Por la mañana no se sentía ni bien ni mal. Quizás estaba un poco pálido y con los ojos rojos y, eso sí, tenía un hambre inhumana.

Buscó a su madre por toda la casa sin éxito. Aquella anciana rechoncha y arrugada preparaba unos desayunos deliciosos con tortitas y pan de nueces. Sintió un vacío en su interior y abandonó su búsqueda para salir a por algo que le saciara mucho más. Ese día no iría a aquel trabajo mal pagado en aquella oficina maloliente. Su único propósito en la soleada mañana era comer algo.

En la calle no había movimiento de gente pero el olor a humanidad le inundó las fosas nasales. Se quedó quieto en la acera sin saber a dónde ir. Una niña que arrastraba una mochila con ruedas se le acercó. Al verlo, lanzó un alarido estridente y corrió en dirección contraria dejando sus cosas en el suelo.

El señor Ramírez se quedó perplejo durante un instante. Tiró el brazo sangrante, arrugado y medio comido de mamá y, acto seguido, dio rienda suelta a sus instintos encaminando su lento deambular en dirección a la apetitosa niña calle abajo.


              

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